La construcción de una nueva hegemonía nacional-popular en El Salvador: algunas reflexiones conceptuales


Salvador Orlando Alfaro

Dada la coyuntura política por la que atraviesa la formación social salvadoreña, caracterizada por una crisis de hegemonía expresada por un lado, por la crisis del modelo neoliberal, y por el otro, por las complejidades conceptuales y organizativas asociadas en la construcción de un liderazgo intelectual democrático-popular, me parce que se vuelve un imperativo de primer orden reflexionar sobre la articulación de nuevas estrategias que contemplen la generación de nuevos espacios donde se alimente y se potencie las perspectivas de una nueva hegemonía. De lo que trata, entonces, es de expandir y diversificar una dirección programática que tenga como base una imaginación alternativa que sea producto de las síntesis de las prácticas y aspiraciones de los diferentes actores comprometidos en hacer avanzar nuestra sociedad hacia la justicia social, la solidaridad, la sustentabilidad ambiental y la construcción nacional. En este sentido, el presente artículo tiene como finalidad indicar algunas pistas acerca de los componentes conceptuales de una nueva hegemonía nacional y popular.

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Una introducción necesaria lo constituye reflexionar sobre el componente esencial de ese nuevo imaginario: la noción de hegemonía. Parto de algunas dimensiones de la concepción gramsciana de la hegemonía, pues aunque el contexto actual es muy diferente al que vivió Gramsci en su época, creo que sigue teniendo tremenda validez actual. La hegemonía para Gramsci (Materialismo Histórico y la Filosofía de Benedetto Croce, 1971)  se desarrolla cuando las clases subalternas despliegan su propia concepción del mundo, logrando el consenso activo de otras clases y grupos de la sociedad, y un cambio en las coordenadas del imaginario de las sociedades. Todos los esfuerzos de las clases fundamentales por extender su concepción a las colectividades sociales, por desarrollar sus intelectuales orgánicos, por crear una voluntad colectiva nacional, apuntan a la constitución de la hegemonía. Y aunque el vínculo orgánico esencial en la vida política radica en la función social del mundo de la economía, la hegemonía es antes que dirección económica o política, una dirección cultural y moral. Es un concepto integrador de la política, que trae aparejado un cambio radical no solo en la economía, la política, la cultura, la filosofía y su práctica, sino también en sus instituciones.

Esta concepción del mundo alimenta un (nuevo) bloque histórico, que es el sustento de la hegemonía al superar las dispersiones y fragmentaciones y expresar una unidad de fuerzas sociales y políticas diferentes, concretas, en un periodo histórico dado, las cuales no solo critican la hegemonía previa sino que busca la construcción de un proyecto político de transformación de las relaciones sociales de producción, cohesionando la sociedad civil y la sociedad política. La nueva hegemonía tiende a realizar una unidad de fuerzas sociales y políticas diferentes y tiende a mantenerlas unidas a través de la concepción del mundo que ella ha trazado y difundido y cuya aceptación será mayor al incorporar los intereses de los grupos subalternos (en sentido amplio de excluidos y subordinados). Es la sociedad civil la que construye la hegemonía, porque construye espacios para las articulaciones, el reconocimiento, las alianzas, y la producción de nuevos sentidos que las orientan.

Es indudable una concepción radical del cambio social. Sin embargo, no es un “asalto al poder”. El concepto de transformación social, en esta perspectiva, contiene un proceso de laboriosa gestación (en donde por supuesto pueden surgir rupturas cualitativas) y no de un acontecimiento único e irreversible, con un contenido de transformación radical no limitado a la toma del poder político, sino de ruptura de todas y cada una de las relaciones signadas por la opresión y la desigualdad (étnicas, religiosas o de género) y por supuesto se trata de una ruptura de la racionalidades y las divisiones que son básicas para la alineación y dominación en el capitalismo.

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De acuerdo con varios analistas y comentaristas del lado de la izquierda, la hegemonía liberal está debilitada o simplemente no existente, por tanto lo que queda es una dominación sin ropaje hegemónico. Algunos llegan a preguntarse si esta pérdida de hegemonía alcanzara hegemonía capitalista o solo la neoliberal. Existe junto con esta profunda crítica social a los devastadores impactos socio-económicos, culturales y ambientales del modelo hegemónico, otra dimensión de la crítica, lo que Lowy (Contra hegemónica: del internacionalismo de mayo 68 hasta el altermundialismo del siglo 21, 2006) llama “crítica artista” una crítica del desencanto, de la inautenticidad y de la miseria de la vida cotidiana, de la deshumanización del mundo por la tecnocracia, de la pérdida de autonomía, del autoritarismo represivo de los poderes jerárquicos, a las formas de poder, de organizarlo y ejercerlo, de la concepción de la democracia reducida a su expresión más primaria, la representación. Es una crítica que va alimentando una nueva subjetividad.

Esta pérdida de hegemonía, sin embargo, no es total. La crisis actual del capitalismo y de los modelos de acumulación asentados en el modelo neoliberal, no es una crisis terminal, es una crisis de un modelo que ha agotado todo su potencial como mecanismo de ordenar el sistema mundo-capitalista. Sin embargo, su visión del mundo sigue siendo relevante en los horizontes referenciales de las sociedades y también de los movimientos y fuerzas de cambio. Frente a ello, la disputa por el reconocimiento de otras perspectivas y cosmovisiones comienza a ser central. Ello apela a la hegemonía en su dimensión cultural, al cambio de los sentidos comunes de la hegemonía dominante en cada una de sus dimensiones excluyentes y su lógica de dominio y legitimidad, acompañando el surgimiento/alimentación de nuevas sensibilidades alternativas a la existente, construyendo otra visión del mundo. Se trata de construir una hegemonía desde prácticas políticas que se den en múltiples espacios y con múltiples acciones de subversión en lo íntimo, lo privado y lo público, y que hace de la acción política para la transformación social, una transformación cotidiana de las relaciones de poder.

Si el horizonte de transformación se orienta a las sustitución de una hegemonía excluyente por una hegemonía incluyente, implica como dice Gramsci, la socialización del poder económico, político y cultural. Es crear las condiciones para crear un poder como extensión del ejercicio democrático, hacerlo sujeto al escrutinio democrático, inventando formas no jerárquicas de relacionarse con el poder.

Otra dimensión de ese horizonte de poder es el reconocimiento que no está solo en el espacio público, sino que abarca todas las dimensiones de la vida social y personal, abriendo otras dimensiones de lucha por modificar las relaciones de poder en el ámbito de lo privado, en las relaciones personales, sexuales, en la transformación de la vida cotidiana. Este horizonte de poder también abarcan relaciones organizativas, institucionales e interinstitucionales, y en ellas la relaciones interpersonales. Por principio, no pueden invocar de modo consecuente las pretensiones contra hegemónicas desde organizaciones que excluyen iniciativas de sus bases en sus filas, que preparan miembros en un ambiente de verticalismo y subordinación.

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La nueva conceptualización de la transformación democrática que aportan los movimientos sociales a través de sus prácticas y formas organizativas evidentemente reflejan que van más allá del ejercicio electoral y de sus distorciones  neoliberales, autoritarias y neocoloniales.

El horizonte democrático que se perfila evidencia que la democracia no es solamente un sistema político formalizado en prácticas, instituciones e imaginarios que reflejan las limitaciones de su origen de clase (burgués). Este horizonte democrático en gestación está íntimamente conectado con valores de justicia social e igualdad en todas sus dimensiones y atraviesa todas las relaciones sociales y personales. Implica reconocer la voz de los diferentes actores, la validez de sus prácticas y de su producción de conocimientos y cosmovisiones, donde los derechos individuales y colectivos son ejercitados. Todo lo que significa defender otra concepción del desarrollo, al considerar asuntos de tierra, agua, recursos naturales, calidad ambiental, en otras palabras considerar la sustentabilidad como componente esencial del nuevo horizonte en construcción. También implica alimentar nuevas subjetividades, menos antropocéntricas, menos arrogantes, más en conexión con los ecosistemas, alimentando otras dinámicas interpersonales donde las dimensiones políticas de lo personal y las subjetividades son incorporadas al horizonte democrático. Se apela a una perspectiva democrática que no queda anclada en el marco institucional construido por la modernidad capitalista y las limitaciones de su especificidad cultural.

En este contexto, la nueva institucionalidad democrática tendrá que reflejar los cambios en las subjetividades y la forma de pensar la política. Al mismo tiempo, involucra cambios en las instituciones y en las formas organizativas hacia unas más horizontales, más descentralizadas, más en la relación con las vidas y aspiraciones de la ciudadanía.

La hegemonía se ejerce a través de aparatos o instituciones privadas (de naturaleza eminentemente política e ideológica, como las escuelas, iglesias, sindicatos, familia, asociaciones, partidos, medios de comunicación masiva). Todas las variadas formas de desigualdad y discriminación son ocultadas y reproducidas a través de estas poderosas instituciones que arrastran prácticas alienadoras. Por lo mismo, todos estos son espacios y dimensiones que exigen profunda transformación democrática. Para cada uno de estos aparatos hegemónicos la pregunta es ¿qué tipo de transformación corresponde a estas nuevas subjetividades y esta visión del mundo? Los cambios en las percepciones sobre el contenido y la orientación de esta institucionalidad ya pueden ser reconocidos en visiones radicalmente diferentes sobre los contenidos de la educación, sobre las nuevas orientaciones de los sindicatos, sobre los medios de comunicación, etc. Por ejemplo, el reconocimiento en torno a la complejidad los espacios publico-privados y el reconocimiento de la existencia de múltiples formas, más democráticas y plurales, de convivencia social. Sin embargo, sería en el ámbito de la política en donde se tendría que hacer énfasis, especialmente en relación a los cambios de percepción sobre dos instituciones claves para el desarrollo de una hegemonía alternativa: los partidos políticos y el Estado.

Para Gramsci, las instituciones/sujetos orientadores del cambio eran los sindicatos y los partidos. Estas formas de organización eran en aquel momento la manera en la que las clases populares, como movimientos sociales, se convertían en agentes de su propio destino, en actores de cambio. Sin embargo, la realidad actual con su enorme diversidad contestaría, de luchas sociales y políticas de enorme pluralidad, demandan nuevas conceptualizaciones.

En el caso de los partidos, cuya función es indudablemente importante en la construcción de una nueva hegemonía, una creciente perspectiva crítica cuestiona su falta de adecuación a las nuevas circunstancias y a una política democrática, en sus formas de organización, sus relaciones internas y con los movimientos sociales. Resulta evidente que esta pluralidad de sujetos de cambio, las múltiples formas de opresión, de dominación, coerción, hegemonía ideológica, discriminación, control social y la exclusión no pueden confrontarse bajo una dirección centralizada y vertical, ni bajo los formatos de la política partidarista tradicional; al respecto, esta idea es una de las lecciones del leninismo democrático-revolucionario que rara vez es en mencionada: la necesidad por parte de los grupos subalternos de construir adecuaciones organizativas y de mecanismos de organización democrática flexibles en la lucha por alcanzar el poder y su posterior democratización. En tal sentido, se ha evidenciado que la forma/partido moderna ha mostrado serias limitaciones en vista de la centralidad de los nuevos circuitos y niveles de intercambio político.

En las circunstancias político-culturales actuales, la viabilidad de los partidos depende de un doble movimiento. Tanto de renovación de sus diseños organizativos, ajustarse a la forma red/plataforma, buscando redes de complementariedad horizontal con movimientos sociales y nuevas expresiones de agencias político-culturales, como de asumir un papel subsidiario, mediador y articulador de otras formas de incorporación de intereses, sin pretender sustituirlas. Es decir, en la articulación de una contra hegemonía se convierte en imprescindible la participación de los diferentes colectivos, actores y movimientos sociales que estén cuestionando, desde diferentes perspectivas, la hegemonía dominante. Y esto requiere otro horizonte de poder: contestatario al autoritarismo y defensor de los múltiples y diversos actores como sujetos de cambio, y como portadores de una concepción diferente de la democracia. Y este es el reto contra-hegemónico más urgente para los partidos de la izquierda, y por supuesto en el caso del país, se constituye en una problemática que requiere una atención inmediata dada la ausencia de sensibilidad del único partido sistémico de izquierda en relación a las propuestas y visiones de los movimientos y la legitimidad y aporte de sus luchas.

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Múltiples sujetos, múltiples luchas, y nuevas categorías epistemológicas son algunas de las dimensiones de estos nuevos escenarios contra-hegemónicos que alimentan una imaginación alternativa y una democracia cognitiva, única forma de confrontar lo limitado del conocimiento y del imaginario democrático dominante. Es imprescindible reconocer que existe un hegemonismo de una forma particular de conocimiento y acción, y por lo tanto denunciar sus limitaciones y opciones políticas se constituye en una tarea de primer orden. Una contra-hegemonía alimenta nuevos marcos de sentido, que a su vez alimentan nuevas formas de interrogar la realidad, lo que implica una emancipación de esquemas de interpretación ideológicamente arcaicos y responder a las nuevas exigencias democráticas que estos nuevos desafíos colocan. Esta nueva agenda de cambio surge como un espacio epistemológico y político privilegiado donde las praxis políticas de los grupos subalternos aparecen fundamentales para pensar/recrear una teoría de pensamiento-acción alternativa, una nueva perspectiva epistemológica.

Y en este contexto se ubica el papel de los intelectuales desde una perspectiva diferente a la tradicional separación entre intelectuales y masa, entre los que piensan y actúan. Lo intelectual no es un ámbito específico para ciertos grupos o instituciones, o para ciertas prácticas, es el conjunto de la sociedad la que participa en la intelectualidad y en la producción de conocimientos, pero son algunos lo que tienen la función de intelectuales orgánicos. Para Gramsci, cada clase crea consigo y desarrolla intelectuales en respectivas especialidades parciales y funcionales a su actividad primaria y a su ideología, “(…) que le dan homogeneidad y conciencia de su propia función, no solo en el campo económico sino también en lo social y político”. Son intelectuales que alimentan una teoría que no solo explique la realidad sino que sea una gran orientadora de la acción emancipatoria. Y finalmente es preciso reconocer que estos nuevos espacios contra-hegemónicos, si bien arrastran aun muchas incongruencias y debilidades de los movimientos y los impactos de las fuerzas hegemónicas, constituyen en sí mismos espacios de esperanza y optimismo por configurar un nuevo tipo de sociedad y civilización.

Estas son algunas líneas de reflexión, que desde una nueva perspectiva, deberían tomarse en cuenta como “ideas fuerza” en el proceso de construcción programática de una nueva hegemonía nacional-popular en nuestro país.

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